lunes, 13 de julio de 2009

Uno



Uno, la primera construcción que hace cuando es niño, es un agujero en la arena.

En un solo verano habremos hecho cientos de pequeñas zanjas, lineas, surcos, trincheras...

Cuanto más grande es el agujero, más amenaza el montón de arena sobrante con caerse.

Llega un momento en que no compensa seguir excavando, pues la gravedad empuja la arena que apartamos otra vez al hoyo.

Nos arrepentimos de no haber planificado algo nuestra tarea, de no haber pensado antes en este problema. Abandonamos el primer agujero y, comenzamos otro, a unos metros del primero.

En esta ocasión depositamos la arena un poco más lejos de nuestra excavación.

Así ponemos orden en nuestro entorno. Una cosa es el hoyo, y otra muy distinta la montaña.

Pronto entendemos que si la aplastamos con nuestras manos, si la compactamos, no se desmorona tan fácilmente. Si está húmeda, podemos darle forma. Así nace la segunda construcción, que es el muro, la cerca, el límite.

Cuando sube la marea el agua deforma la arena y la emborrona. Llena los agujeros y erosiona los muros. Desdibuja nuestra huella. Nos cabrea.

Observando como el agua arrasa nuestra obra una y otra vez, comprendemos sus leyes: aprendemos a represarla, a conducirla... a vencerla.

Pasan los años, y siempre que volvemos a la playa, inconscientemente, jugamos con la arena, con el agua... y con el tiempo.