lunes, 27 de julio de 2009

dentro y fuera


Todos los días del año, a eso de las nueve de la mañana, el gigante abría la puerta del cuarto y desaparecía durante un rato. Yo aprovechaba y asomaba la nariz, sin que él me viese y cuidándome de dar un paso atrás antes de que la puerta se cerrase.

En aquel cuarto había una luz cegadora que me hacía cerrar los ojos; disfrutaba olisqueando un segundo aquel aroma a madera tropical húmeda, como a fruta pocha, tan diferente al olor seco, anaranjado, del resto de la casa. Así me quedaba un rato largo, en el umbral de aquel cuarto prohibido, con los ojos cerrados y la nariz abierta, intentando retener en la memoria el golpe de aire húmedo de la puerta al cerrarse.

A las nueve y diez, cada día, el gigante salía del cuarto con un periódico y una barra de pan bajo el brazo. Cuando oía sus pasos me acercaba, intentando aprovechar el instante en que la puerta estaba abierta para asomar de nuevo la nariz.

En alguna ocasión, tímidamente, me había atrevido a traspasar aquella enorme puerta, arrastrando la panza, por si acaso. Había dado tres o cuatro pasos cuidadosos, mirando a izquierda y derecha, descubriendo nuevos matices de olor a tierra, a cerrado. Pero el gigante siempre se interponía en mi camino y me echaba de aquel cuarto, gritándome no sé qué en español.

Aquellos episodios de violencia verbal hicieron que, con el tiempo, decidiese no volver a entrar en aquella habitación tan peligrosa. Después de todo, mi mundo era enorme y estaba lleno de vida… y de olores. ¿por qué arriesgarse y provocar al gigante?. Además corría el riesgo de quedarme encerrado, sin comida. Podría pasar un día entero hasta que él volviese a entrar al cuarto a buscar el pan y el periódico. No tenía sentido obsesionarse con un cuartucho húmedo que, seguramente, no era siquiera ni la mitad de grande que el más pequeño de los cuartos en los que, caprichosamente, el gigante había dividido el mundo.

Ayer, salió como cada mañana, a las nueve. Pero pasaron las horas y no regresó.

Al lado de la comida encontré una nota, en español.

lunes, 13 de julio de 2009

Uno



Uno, la primera construcción que hace cuando es niño, es un agujero en la arena.

En un solo verano habremos hecho cientos de pequeñas zanjas, lineas, surcos, trincheras...

Cuanto más grande es el agujero, más amenaza el montón de arena sobrante con caerse.

Llega un momento en que no compensa seguir excavando, pues la gravedad empuja la arena que apartamos otra vez al hoyo.

Nos arrepentimos de no haber planificado algo nuestra tarea, de no haber pensado antes en este problema. Abandonamos el primer agujero y, comenzamos otro, a unos metros del primero.

En esta ocasión depositamos la arena un poco más lejos de nuestra excavación.

Así ponemos orden en nuestro entorno. Una cosa es el hoyo, y otra muy distinta la montaña.

Pronto entendemos que si la aplastamos con nuestras manos, si la compactamos, no se desmorona tan fácilmente. Si está húmeda, podemos darle forma. Así nace la segunda construcción, que es el muro, la cerca, el límite.

Cuando sube la marea el agua deforma la arena y la emborrona. Llena los agujeros y erosiona los muros. Desdibuja nuestra huella. Nos cabrea.

Observando como el agua arrasa nuestra obra una y otra vez, comprendemos sus leyes: aprendemos a represarla, a conducirla... a vencerla.

Pasan los años, y siempre que volvemos a la playa, inconscientemente, jugamos con la arena, con el agua... y con el tiempo.

martes, 7 de julio de 2009

109

"En alguna parte, Morelli, procuraba justificar sus incoherencias narrativas, sosteniendo que la vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir, que no podemos aprehender la acción sino tan solo sus fragmentos eleáticamente recortados. No hay más que los momentos en que estamos con ese otro cuya vida creemos entender, o cuando nos hablan de él, o cuando él nos cuenta lo que le ha pasado, o proyecta ante nosotros lo que tiene la intención de hacer. Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos; jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo..."

Julio Cortázar. Rayuela